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He sobrevivido para contarlo

La Segunda Guerra Mundial ha dejado algunos de los testimonios más desgarradores sobre la humanidad, su crueldad y la falta de raciocinio. Y sólo aquellos que sufrieron la barbarie en sus carnes pueden narrar lo que vivieron. Este es un ejemplo de los que seguían el ínfimo punto de luz al final del túnel y nunca dejaron de caminar hacia él: “He sobrevivido para contarlo”.

Sinopsis

Tadeusz Sobolewicz nació en 1923 en Poznan. Siendo alumno de una escuela de enseñanza media, al estallar la segunda guerra mundial, junto con su madre y su hermano, fue obligado a abandonar la ciudad de Poznan. Poco después, como su padre (Oficial del Ejército Polaco), empezó su actividad en una organización militar clandestina (Armia Krajowa – Fuerza Armada Nacional). Fue detenido y encarcelado en Czestochowa, en otoño de 1941. Permaneció como prisionero de KL Auschwitz y otros campos de concentración (Buchenwald, Leipzig, Mulsen, Flossenburg y Regensburg) hasta el final de la guerra.

Opinión

Pensemos por un momento en nuestros 18 años. Sin duda es una fecha para recordar: el pase a una edad adulta, al menos legalmente, mayores responsabilidades y unos estudios o un trabajo esperándonos a la puerta de la esquina. Hay quien prefiere dar el salto con una fiesta por todo lo alto y quien echa la vista hacia atrás mirando la infancia que ya nunca volverá. Tadeusz Sobolewicz tenía esa edad cuando se vio envuelto en lo que posteriormente se llamará el mayor genocidio de la Historia en 1941 y recorrerá hasta seis campos de concentración, incluido Auschwitz, hasta su liberación cuatro años después.

Tadeusz vivió todas las posibilidades que había dentro de la Segunda Guerra Mundial. Comenzó siendo detenido y encarcelado como el resto de sus compañeros, y acabó en uno de los vagones del tren que Auschwitz. Allí no había condiciones de vida. Un pedazo de pan era la comida del día para realizar trabajos forzados en medio de violencia, frío y deshumanización por parte de las SS. El protagonista tuvo la suerte de poder cambiar de centro de detención varias veces y así pasar por cargar peso, ayudar en el hospital o trabajar en una fábrica, cada lugar con su reglamento y sus muertes.

El autor del libro no pretende en ningún momento endulzar su testimonio y tampoco sería posible, no hay literatura que valga para contar de manera bonita el infierno que ha vivido. Está escrito con una prosa áspera, realista, que no deja indiferente a nadie que quiera ponerse en la piel de un preso más de los campos de concentración. Pero no todo es oscuridad. Lo que realmente llama la atención es la esperanza impregnada en sus páginas y la bondad de la gente a pesar de ser conscientes de su futuro. En este libro también hay hueco para aquellas buenas obras entre personas que no se conocían entre ellos pero se ayudaban como si fuesen sus familiares más cercanos, compartían lo poco que tenían, hacían favores esquivando el peligro de los nazis y preferían que la juventud comiese su ración de comida y alguna más para poder sobrevivir todos juntos y también para poder contar los horrores vividos.

“He sobrevivido para contarlo” es uno de los testimonios más duros, y a la vez más necesarios, para conocer de primera mano el infierno que vivían millones de personas en los campos de concentración, tanto aquellos que sobrevivieron como la gran mayoría que quedarán en el recuerdo.

Todos los judíos que están en el grupo de recién llegados pueden vivir en el campo dos semanas, los curas un mes y los demás tres meses. Después, para todos, hay una sola salida: por la chimenea. Al que no le guste lo que acabo de decir puede salir adelante o bien inmediatamente lanzarse a la alambrada-eso es también una solución. Con estas palabras terminó su discurso de bienvenida el LagerführerFritsch

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