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Cabeza de turco

No hay mejor manera de entender una situación que vivirla de primera mano. Que se lo digan a Günter Wallraff, el periodista que cambió la mentalidad alemana de la época sobre los turcos con este libro, “Cabeza de turco”.

Sinopsis

La publicación de Cabeza de turco provocó una auténtica conmoción en Alemania, donde en pocos meses se vendieron más de dos millones de ejemplares, convirtiéndose en el mayor best-seller de la posguerra, un verdadero fenómeno sociocultural. Durante dos años, Günter Wallraff abandonó su identidad y –mediante lentillas oscuras, una peluca, bigote, utilizando un alemán rudimentario– se transformó en Alí, un inmigrante turco dispuesto a hacer los trabajos más duros, más insalubres, más pe- ligrosos para poder sobrevivir.Así, con sueldos de miseria y condiciones escandalosas, trabaja sin respiro en una hamburguesería McDonald’s, de bracero en una granja, de obrero de la construcción sin papeles ni con- tratos, lo utilizan como cobaya de la industria farmacéutica, investiga la postura de la Iglesia católica y de las sectas, efectúa limpiezas sin pro- tección alguna en las entrañas de las refinerías metalúrgicas, hace de chófer de un traficante de esclavos, forma parte de un comando suicida reclutado para reparar una avería en una central nuclear.

Opinión

Por desgracia hoy, en pleno siglo XXI, seguimos escuchando comentarios racistas y viendo situaciones que no se merece nadie. La buena noticia es que se ha mejorado mucho, muchísimo más de lo que algunos están dispuestos a reconocer. Si echamos la mirada 30 años atrás, veremos condiciones laborales y sociales que la gran mayoría ni piensa en sufrirlas.

Alemania, años 80. Después de la Segunda Guerra Mundial, el país dividido remonta con trabajo y a poder ser sin demasiados recuerdos del pasado. Los ánimos han mejorado a pesar de la Guerra Fría y los jóvenes intentan alcanzar tierras lejanas, allí donde puedan conseguir dinero. Y no es sólo un sueño europeo al estilo de los americanos, la inmigración no tiene límites y las ganas de estabilizar la vida tampoco. Por eso, dentro del grupo de quienes ansiaban un mejor futuro se encontraban los turcos. Pero los alemanes mostraban un profundo desprecio hacia ellos sin importar la persona que se escondía tras los prejuicios.

Es en este momento, en 1982, cuando Günter Wallraff decide contar lo que sucede. El “periodista indeseable” o “de las mil caras”, se convirtió durante dos años en Alí, un inmigrante turco que buscaba cualquier trabajo para sobrevivir en Alemania. Famoso por sus métodos dentro del periodismo de investigación, Wallraf aprendió a hablar alemán con acento turco, se colocó un enorme bigote negro junto a una melena del mismo color y con sus nuevos papeles se dispuso a relatar, desde la piel de un turco, las vejaciones que aguantaba él y los de su misma nacionalidad.

Bajo el nombre de Alí, Wallraf escribe en “Cabeza de turco” las conversaciones mantenidas con otros turcos y sobre todo, con los alemanes. Entre sus trabajos, si así se les puede llamar, estaba la limpieza de los servicios del McDonald’s, ser obrero de construcción sin contrato de por medio o trabajar en una planta nuclear sin ninguna protección. Este último oficio en la fundición Thyssen, en Duisburgo, es el que cuenta con mayor documentación sobre su trabajo ilegal e insalubre de los turcos en los altos hornos de la empresa, rodeados de toxinas que ningún seguro cubría. De hecho, el propio autor de la investigación y del libro padeció una bronquitis crónica a causa de lo vivido.

Se trata de una obra indispensable que en su momento levantó una polvareda de debates en la República Alemana Federal y que consiguió cambiar varias leyes por los casos destapados por el periodista. “Cabeza de turco” es corto, pero muy directo en lo narrado. A modo de diario y con una temática en cada capítulo, el libro habla especialmente de las condiciones infrahumanas que soportaban los turcos para ganar algo de dinero, pero también de los aspectos sociales, de las repugnancia con la que les hablaban, o con la que no lo hacían. El lector puede sentir en su paladar el asco de los alemanes hacia los turcos, que para ellos no eran ni personas, y se ve en los diálogos transcritos por el autor, en las frases que escuchaba por casualidad e incluso en palabras grabadas en los servicios de los locales donde trabajaba. Ni siquiera podía tener la posibilidad de ser un cristiano bautizado por la Iglesia porque un cura se oponía al proceso.

“Cabeza de turco” es la empatía de un periodista que quiso mostrar, como un turco más, los sufrimientos por los que pasaron unos humanos más como otros cualquiera

 Obrero: ¡A vosotros en África seguro que os estampan el sello en la cabeza!

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